La tristeza muchas veces es como un escenario vacío y en silencio.
Con esa frase pretendía comenzar una novela, pero nunca puedo
terminar lo que empiezo. En fin. Lo que digo de la tristeza es verdad. Un
teatro vacío debe ser realmente triste. Cuando imagino al señor que
luego de los shows limpia los teatros desolados y enmugrecidos, pienso
que él también debe estar triste, como las butacas cuando la gente ya
se fue y se escuchan, desde el salón principal, los pasos de vuelta en el
eco del aplauso. Los folletos de programa pisoteados sobre la alfombra
azul con aires a un cielo en decadencia. El señor debe ser canoso
también, las canas son tristes y son blancas como la muerte. La muerte
que contaba Quiroga. Si uno piensa demasiado en esas cosas
entristece. Y hoy me senté a buscarle metáforas a la tristeza. A intentar
palabras que suelen limitarme hasta el hartazgo. A veces te hacen
sentir impotente ante el papel y te convencen que ya es hora de meterte
el lápiz en el culo. ¿Nunca les ha pasado? Anoche, en algún momento
pensé en ello. Venía caminando a este bar por esas calles que nunca
cambian, que son un eterno deja vú de escenas en blanco y negro y no
pude evitar los pulpos en el pecho.
El Teatro de la Ópera imponente me observa pasar. Ya no tengo
penas, ni ansias, ni dudas. Sólo es un poco de tristeza. Y a la mierda.
martes 17 de marzo de 2009
Perros
Daba un paseo por plaza Linnet y un mendigo se cayó al suelo.
Una veintena de perros callejeros que andaba esparcida por allí se
aventuró contra él. Lo atacaron fieramente, entre todos.
El hombre se ahogaba en gritos y las mordidas le impedían ponerse
de pie. Vi sangre.
Lo estropeaban muy rápidamente.
Yo seguía caminando lento y miraba por sobre mi hombro la escena;
mi paso se hizo más lento aun.
Casi me detengo.
Los tarascones estaban ensañados con su cuello y lo estaban
despedazando.
Nadie alrededor hacía nada por él.
La mayoría ni siquiera miraba a pesar del griterio.
Seguí caminando.
Yo tampoco hice nada por él.
Los perros lo mataron.
Una veintena de perros callejeros que andaba esparcida por allí se
aventuró contra él. Lo atacaron fieramente, entre todos.
El hombre se ahogaba en gritos y las mordidas le impedían ponerse
de pie. Vi sangre.
Lo estropeaban muy rápidamente.
Yo seguía caminando lento y miraba por sobre mi hombro la escena;
mi paso se hizo más lento aun.
Casi me detengo.
Los tarascones estaban ensañados con su cuello y lo estaban
despedazando.
Nadie alrededor hacía nada por él.
La mayoría ni siquiera miraba a pesar del griterio.
Seguí caminando.
Yo tampoco hice nada por él.
Los perros lo mataron.
Coma
No se por qué motivo teníamos las luces apagadas, creo que la luz le
da a uno la sensación de atenuar el sonido. Aunque silencio y
oscuridad poco tienen que ver entre sí. La única fuente de luz era la
hornalla encendida; la cocina se veía por completo de color azul. Todas
las copas y platos estaban apilados esperando ser lavadas. Había tantas
que no supo por donde comenzar y el asunto se volvió un problema
demasiado importante para él, asi que abandonó la idea, y salió con el
último dinero que tenía a comprar un jugo de soja y una botella de
vodka. El aire le resultó algo pesado, difícil de respirar. Como los días
de mucha humedad cerca del río. La niebla no dejaba ver horizonte.
De vuelta en esa casa tomó la copa que parecía menos sucia y
preparó el cóctel.
El murmullo simil-lluvia de la ducha cesó y salió ella, casi
enseguida, envuelta desprolijamente en un toallón, dejando charcos en
su camino a la habitación. Charcos que por lo menos hoy no van a
secarse con tanta humedad.
No había música. Imperaba un silencio cadavérico que reverberaba
cualquier leve palabra. Y ellos estaban podridos de las palabras.
Estuvo algún tiempo revolviendo entre cosas que habían sido de los
dos.
Estuvo otro tiempo vistiéndose.
Salió y él la acompañó por el jardín hasta la entrada.
La niebla no dejaba ver horizonte más allá de ellos dos.
Y el pasto era verde pero gris.
Unos pocos arboles difusos no ayudaban a decorar la escena.
Y mientras ella se iba el amante la observó y notó cuanto había
cambiado desde la primera vez. Su cabello se veía diferente también.
Desesperado se apresuró tras ella, porque recordó, la llamó por su
nombre e intentó aferrarla en un movimiento torpe que sólo abrazó el
aire; la imagen de su amada se desvaneció como vapor al viento marino.
Volvió a la casa: los charcos que no van a secarse; la cocina sucia.
Poco antes de la mañana olvidó que tenía el corazón partido y el
sopor lo abrigó nuevamente en un sueño de similares características.
da a uno la sensación de atenuar el sonido. Aunque silencio y
oscuridad poco tienen que ver entre sí. La única fuente de luz era la
hornalla encendida; la cocina se veía por completo de color azul. Todas
las copas y platos estaban apilados esperando ser lavadas. Había tantas
que no supo por donde comenzar y el asunto se volvió un problema
demasiado importante para él, asi que abandonó la idea, y salió con el
último dinero que tenía a comprar un jugo de soja y una botella de
vodka. El aire le resultó algo pesado, difícil de respirar. Como los días
de mucha humedad cerca del río. La niebla no dejaba ver horizonte.
De vuelta en esa casa tomó la copa que parecía menos sucia y
preparó el cóctel.
El murmullo simil-lluvia de la ducha cesó y salió ella, casi
enseguida, envuelta desprolijamente en un toallón, dejando charcos en
su camino a la habitación. Charcos que por lo menos hoy no van a
secarse con tanta humedad.
No había música. Imperaba un silencio cadavérico que reverberaba
cualquier leve palabra. Y ellos estaban podridos de las palabras.
Estuvo algún tiempo revolviendo entre cosas que habían sido de los
dos.
Estuvo otro tiempo vistiéndose.
Salió y él la acompañó por el jardín hasta la entrada.
La niebla no dejaba ver horizonte más allá de ellos dos.
Y el pasto era verde pero gris.
Unos pocos arboles difusos no ayudaban a decorar la escena.
Y mientras ella se iba el amante la observó y notó cuanto había
cambiado desde la primera vez. Su cabello se veía diferente también.
Desesperado se apresuró tras ella, porque recordó, la llamó por su
nombre e intentó aferrarla en un movimiento torpe que sólo abrazó el
aire; la imagen de su amada se desvaneció como vapor al viento marino.
Volvió a la casa: los charcos que no van a secarse; la cocina sucia.
Poco antes de la mañana olvidó que tenía el corazón partido y el
sopor lo abrigó nuevamente en un sueño de similares características.
La primera vez que me dijo te amo, lo aderezó agregándole, “podés dormir con cualquiera, pero yo siempre estoy en tu cama”.
Una fila de árboles escondía la luz del sol entre los edificios. Los últimos fríos de septiembre nos acurrucaban bajo una veta matinal de sol. Y se oían pájaros y todas esas cosas que hacen que uno sea consciente de que está en un momento fascinante. Quiero decir, aún en su simpleza era una creación maravillosa.
Nos habían presentado pero aún no existía ningún tipo de historia entre nosotros. Asistí al almuerzo del Congreso International des Forces de l’Espirit invitado personalmente por el Dr. Serge Raynaud de la Ferriere. Apenas llegamos el edificio de la sala de muestras me pareció realmente encantador, a pesar de que no pertenecía a ningún orden arquitectónico y de que era exactamente igual a cientos de salas de Paris. Allí estaba Dox, resplandeciente al verde de los árboles que la rodeaban.
Nos habían presentado pero aún no existía ningún tipo de historia entre nosotros. Asistí al almuerzo del Congreso International des Forces de l’Espirit invitado personalmente por el Dr. Serge Raynaud de la Ferriere. Apenas llegamos el edificio de la sala de muestras me pareció realmente encantador, a pesar de que no pertenecía a ningún orden arquitectónico y de que era exactamente igual a cientos de salas de Paris. Allí estaba Dox, resplandeciente al verde de los árboles que la rodeaban.
Observé la repisa. Había una foto de nosotros dos en algún lugar. Era una pena que ese recuerdo no se conservara en mi mente. Por eso me resultaba extraño vernos ahí. Ella dice que nos unió la voz de La Môme Piaf en Montmartre. Durante el baile en algún café. Ya no existen en sus ojos la alegría de esos años.
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